¿Somos prisioneros de nuestra Zona de Confort?

¿Es la zona de confort la culpable de la falta de creatividad? ¿Hasta qué punto debemos sentirnos cómodos? ¿Necesitamos el stress en nuestras vidas? ¿Por qué tendemos a crearla?

Estas y otras interrogantes serán el tema central de nuestro artículo.

¿Qué es la zona de confort?

La definición de base de la zona de confort nos dice que es ese espacio mental en el cual nos movemos como pez en el agua, allí donde hacemos las cosas de “memoria” pues ya nuestro cuerpo-mente se sienten a gusto, protegidos, seguros, o en pocas palabras, sentimos que la situación está bajo nuestro control lo cual no nos demanda mayor esfuerzo (físico y/o mental) para ejecutar las tareas.

Para saber a donde vas, es importante saber de donde venimos

Si lo que quieres es seguir sintiéndote a gusto, sin correr riesgos haciendo sólo lo que ya sabes, entonces este artículo no es para ti, en cambio, si eres una de esas personas con un espíritu inconforme, de esas que desean siempre más, que aspira siempre retarse a sí mismo con nuevas situaciones, pero que en ocasiones requiere un “empujoncito”, entonces ponte cómodo y continúa leyendo el artículo, pues creo que  te puede interesar, ya que en las próximas líneas vamos juntos a descubrir algunos detalles que tal vez desconocemos o que de pronto ya sabemos, pero que nos llevarán a hacernos algunos cuestionamientos personales que nos permitan saber si nuestro status quo (estado actual) es donde queremos permanecer o definitivamente queremos implementar algunos cambios de rumbo.

Siendo el humano un animal de costumbres, es su naturaleza procurarse una serie de rutinas en todas o casi todas las tareas que ejecuta con regularidad, esto le brinda seguridad y certeza sobre qué esperar. Esta búsqueda de pasos repetitivos, creo que en muchas ocasiones se hace de manera inconsciente, pues nuestro cerebro siempre busca la forma de optimizar nuestra energía y una de ellas es ahorrando pensamientos, es decir, “automatizando” nuestras respuestas.

¿Qué sentimos cuando estamos en nuestra zona de confort?

Aunque pueda sonar absurdo, cuando nos sentimos más seguros, con un nivel de ansiedad bajo, protegidos contra “cualquier riesgo”, en fin allí donde nos sentimos naturalmente bien, es cuando podemos decir que estamos en una prisión, muchas veces nos negamos a salir por distintas razones, de ellas tal vez la más frecuente y la menos admitida por sus “usuarios” (lo puedo asegurar por conocimiento de causa, pues he sido huésped de dicha prisión), es el miedo.

Ese miedo que nos invade a consecuencia de lo desconocido, ese que nos provee todas las justificaciones que necesitamos para precisamente volver al mismo estado en el que nos encontramos, sin dejar espacio para el cambio. Esta situación creo, queda gráficamente plasmada en la escena de uno de los mejores filmes de la historia del 7 mo arte como lo es Sueño de Fuga (Shawshank Redemption, 1994), específicamente, cuando el personaje magistralmente interpretado por Morgan Freeman llamado Ellis Boyd, es dejado en libertad tras cumplir una larga condena.

Cuando Ellis sale del penitenciario, en lugar de estar feliz por finalmente volver a ser un hombre libre, es invadido por lo que a simple vista luce como un «incomprensible » miedo, pues en realidad este era ocasionado por aquello que supuestamente debía brindarle alegría, ya que tendría que lidiar con un mundo totalmente nuevo y diferente al que se había ya acostumbrado. Y es que en muchas ocasiones podemos ser presa del miedo incluso cuando debemos afrontar un cambio que a todas luces se considera positivo, pero que a consecuencia de esa sensación de incomodidad, nuestro cerebro nos envía automáticamente un mensaje de «Alerta!, mejor vuelve a donde estamos a salvo, allí donde conocemos todos los intríngulis de nuestras tareas» por lo que tenderemos naturalmente a evitar asumir estos cambios. Pero no nos preocupemos porque esa reacción la podemos modificar para nuestra conveniencia, pues ya que nuestro cerebro es como un músculo que podemos entrenar, estaremos en la capacidad de realizar algunos ejercicios para que éste se sienta cómodo con los cambios que nos lleven a expandir los límites de nuestra zona de confort.

El estado mental que llamamos zona de confort fue acuñado hace más de un siglo por el dueto de psicólogos Yerkes y Dodson, con él explicaron cómo tendemos a adoptar rutinas que nos permitan disminuir el stress así como el riesgo, según su teoría, si se busca maximizar el desempeño, se tendrán que generar pasos rutinarios lo cual nos permitirá que nuestro cerebro les identifique inmediatamente tal y como si fuese un reflejo, en otras palabras,  inconscientemente vamos a asociar una serie de pasos que conforman una tarea de principio a fin, obteniendo así una condensación de pasos que nos llevará a estructurar una rutina en la que nos sentiremos cada vez más a gusto, aislando el stress y el riesgo.

¿Es necesario el stress en nuestras vidas?

Pienso que la mejor manera de responder a esta pregunta es imaginarnos que somos una cuerda de una guitarra, en el sentido que si se tiene la tensión apropiada esta va a brindar las mejores tonadas, pero si le ponemos mucha tensión, entonces puede romperse o simplemente sonar mal, es decir, si no logramos identificar el nivel ideal de tensión o stress con el que “sonemos” como queremos vamos a desafinar. De manera, si somos capaces de atrevernos a salir de nuestro espacio blindado por nuestras rutinas podremos tener un punto de referencia con respecto al cual podremos ir aumentando o disminuyendo la tensión que nos permitirá permanecer en nuestra zona de confort o por el contrario buscar traspasar nuestras propias fronteras y así alcanzar nivel de rendimiento más alto, el cual se nutre de esas situaciones de reto que vienen asociadas a nuevas tareas y por tanto desconocidas para nosotros.

¿Es siempre malo quedarse en la Zona de Confort?

Creo que la respuesta va a depender de cada individuo y sus aspiraciones personales, sin importar el ámbito en cual se desenvuelva, pues hay que tener presente que siempre tenderemos a establecer una nueva zona de confort incluso si procuramos no hacerlo, básicamente es como un reflejo de muchos de nosotros a querer sentirnos a gusto, con bajo riesgo y teniendo un alto nivel de certeza de lo que va a ocurrir

Quedarse en la zona de confort implica hacerse un par de preguntas importantes a uno mismo: ¿qué tan importante es el cambio? Eso si hay que responder con la mayor sinceridad posible, pues de otra manera podríamos estar justificando la decisión solo con excusas.

La segunda está enmarcada en el tiempo oportuno, es decir, debemos cuestionarnos sobre cuándo es el momento más conveniente para ensayar salir de nuestra zona de comodidad, pues puede que sea el caso que si bien aspiramos lograr un ascenso o dar el salto hacia el emprendimiento, nos hallamos en una situación en la que no podremos dar lo mejor de nosotros mismos como para que la transición a la zona de aprendizaje o de “magia” sea productiva y en lugar de obtener lo que buscamos terminemos consiguiendo una gran carga de stress que termine afectando incluso nuestro desempeño dentro de los márgenes de nuestra área de dominio, un ejemplo de este aspecto, es una experiencia personal, resulta que hay cierta formación que vi disponible compatible con el logro de algunos objetivos personales, que demandaba presencia física y por supuesto tiempo a dedicar, sin embargo, considerando que tenemos 2 hijos pequeños, uno de ellos de meses, concluí no sería acertado empezar este curso pues implicaría menos tiempo para compartir con los niños o sencillamente no poder dar todo el esfuerzo que la formación necesita, de manera que decidí postergar un poco el entrenamiento hasta que pudiese incorporarla en mi rutina diaria sin tener que pagar un precio tan alto, tal y como mi esposa siempre dice: el hecho de tener las prioridades bien definidas nos facilitan la toma de decisiones más asertivas

Reflexión Final

Para concluir, quiero invitarte a que por un momento cierres los ojos y te imagines que estás observando a alguien viendo una película que posiblemente en mayor o menor medida le guste, sin embargo, algo ocurre y ésta no pasa de la misma escena, una y otra vez se repite, o peor aún, la persona misma decide retroceder la escena para seguir viéndola indefinidamente; ¿qué pensarías de ese comportamiento? ¿Y qué tal si cuando haces zoom te das cuenta que quien está viendo la película “sin fin” eres tú mismo? Con este juego imaginario espero despertar en ti el deseo de reflexión de tu situación actual y determines si tiene algún parecido con la historia ficticia que acabas de leer, porque cuando nos quedamos en nuestro círculo de confort, cuando decidimos mantener el status quo, podríamos estar asumiendo la misma conducta del espectador que no deja avanzar la película para ver el desenlace de la historia. Si te pasó como a mí, que hice ese juego mental y me vi a mi mismo, entonces también espero reacciones igual y te pares de esa butaca y te decidas a hacer lo necesario para que tu “película” siga avanzando, pero esta vez tu siendo el protagonista.

Así que, si deseas al menos comenzar a poner un pie fuera, te propongo que comiences a dar pequeños cambios que te ayuden a ir acostumbrando tu cerebro a no sentirse tan cómodo o mejor aún, que sustituyas un hábito por otro que le de un mayor valor a tu vida acercándote a cualquiera que sea tu meta.

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